Hablemos de derechos humanos

Entre lo ético y lo legal: ¿Hacia dónde inclinamos la balanza?

Tenemos en nuestras manos la posibilidad de incidir en algo directamente relacionado con las estructuras que condicionan y posibilitan la humanización.

Publicado: 2018-02-19



Por Elizabeth León (Política, Agrónomo y Activista feminista).

El caso de Arlet Contreras y las reacciones frente a la sentencia nos enrostra nuevamente sobre los juicios de valor y los enfoques que damos a los acontecimientos. El caso debe servir para que todxs revisemos cuanto estamos tomando en cuenta nuestros actos, en nuestras decisiones, las dimensiones que nos permitan actuar correctamente.  Cuando no distinguimos lo legal con lo ético y damos a entender que todo lo que no está prohibido por las leyes está permitido o es correcto, llevando así el debate a lo “estrictamente jurídico o técnico”, perdemos el aspecto fundamental de las relaciones humanas en la sociedad. Antes que juristas, víctimas o agresores los involucrados en el caso Contreras, son personas, por tanto, las decisiones frente a hechos como el que analizamos no pueden quedar solo en el aspecto técnico.

Habría que recordar que ley y ética se mueven en distintos planos: lo legal nos dice “lo que está permitido, o regulado por las leyes” y lo ético “lo que se debe hacer, o lo que es correcto hacer”. La pregunta en este caso ¿basta con la tipificación de las causales que ameritan la sanción impuesta?  Que hay sobre el comportamiento, la agresión física, el ejemplo que transmite a la sociedad un espectáculo como el presenciado y difundido. Cuál es la imagen de la mujer y del hombre que proyectamos y que no es tomado en cuenta en su dimensión ética ¿Fue correcto ese comportamiento?

Como evitamos ser instrumentalizados cumplidores de reglas, de documentos de gestión, de ordenes jerarquizadas, sin detenernos a analizar aquella otra dimensión que nos permite construir el bien común

Necesitamos equilibrar la balanza, y nuestros documentos fundacionales en el Frente Amplio por Justicia, Vida y Libertad (FAJVL) nos lo indican, hagamos que la ética marque nuestra diferencia en la forma de hacer política.

Cuando se define la política siempre surgen las dos perspectivas contrapuestas: los que argumentan que la política debe enfocarse al logro de propósitos éticos como la justicia, la igualdad, la libertad y los que sostienen que la legitimación del Estado no depende de consideraciones éticas, sino de la habilidad para conquistar, mantener y aumentar el poder.

En este sentido se recomienda “no apartarse del bien, cuando se puede y conviene, saber entrar en el mal cuando hay necesidad”: ¿Realismo o cinismo político? Estamos ante los problemas y desafíos que se derivan del modo hacer política. En el FAJVL, nos situamos ante la dimensión ética de la política que reclama la unificación de justicia, honradez y transformación social.

Ética y política parecen dos esferas ajenas en cuanto no se ve cómo, alguien que respete normas éticas pueda triunfar políticamente en un mundo donde cualquier acción parece justificable para conseguir el poder y conservarlo. Por otro lado, la política debería ser el campo más adecuado para el desarrollo total de la persona y para el servicio más acabado a la comunidad, por lo que debería ser la instancia de mayores posibilidades éticas: Nuestra militancia en el FAJVL debe ser el  lugar aptísimo de dedicación a los otros, en cuanto tenemos como propósito el bien de todo el país; tenemos en nuestras manos la posibilidad de incidir en algo directamente relacionado con las estructuras que condicionan y posibilitan la humanización.

Está reciente la visita y el mensaje del Papa Francisco a quien recurro para compartir algunas de sus reflexiones y mensajes sin dejar de ser defensora del estado laico, lo bueno hay que escucharlo y analizarlo. Francisco cuando habla de la política lo desarrolla desde tres entradas “buena política”, del “buen político”, y de “buena ciudadanía”.

La primera propone con firmeza que la política no debe ser cautiva de las ambiciones individuales o de la prepotencia de grupos o centros de poder: Dice “la buena política es la que no sea ni sierva ni patrona, sino amiga y colaboradora; no temerosa o imprudente, sino responsable y, por lo tanto, valiente y prudente; que aumente la participación de las personas, su inclusión y participación progresiva; que no deje al margen a determinadas categorías, que no saquee ni contamine los recursos naturales".

La segunda tiene como destinatarios primeros a los jóvenes, a quienes se les exhorta a involucrarse para que la política retome las aspiraciones ciudadanas más urgentes e importantes. “Buen político es el que asume desde el principio la perspectiva del bien común y rechaza cualquier forma, por mínima que sea, de corrupción. […] El buen político lleva su propia cruz cuando debe dejar tantas veces sus ideas personales para tomar las iniciativas de los demás y armonizarlas, acomunarlas, para que efectivamente sea el bien común el que salga adelante”.

La presencia de la ética en la política no puede lograrse sin la participación ciudadana. Y para que esta sea cualificada y tenga incidencia social, requiere de ciudadanos y ciudadanas dispuestos a participar en los distintos ámbitos de la sociedad civil de forma crítica, consciente y comprometida, por ahí deben transitar nuestros grupos funcionales en el Partido. En esta línea Francisco hace los siguientes llamados: “Que los ciudadanos exijan de los protagonistas de la vida pública coherencia de compromiso, preparación, rectitud moral, iniciativa, longanimidad, paciencia y fortaleza para afrontar los desafíos de hoy […] Y cuando el político se equivoca, que tenga la grandeza de ánimo para decir: ´Me he equivocado´...”.

Finalmente, Francisco hace la siguiente reflexión acompañada de sus respectivos retos:

En los últimos años, la política parece retroceder frente a la agresión y la omnipresencia de otras formas de poder, como la financiera y la mediática. Es necesario relanzar los derechos de la buena política, su independencia, su capacidad específica de servir al bien público, de actuar de tal manera que disminuya las desigualdades, promueva el bienestar de las familias con medidas concretas, de proporcionar un marco sólido de derechos y deberes –equilibrar unos y otros— y de hacerlos eficaces para todos.

Todo ello apunta a que miremos con lentes éticos el caso Arlet Contreras y rechazamos su instrumentalización técnica para que el machismo soterrado no siga negando la posibilidad de una vida digna para las mujeres.


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